la necesidad de la poesía
De Antonio Machado
"...Al cabo, nada os debo
me debeís cuanto escribo,
a mi trabajo acudo,
con mi dinero pago,
la ropa que me cubre
y la mansión que habito,
el pan que me alimenta
y el lecho donde yago..."
Paradojicamente, aquellos poetas que llegan a tocar las fibras más íntimas, las más sensibles, las más sublimes, no reclaman nada material. Lo que ellos nos dan no tiene valor, porque no tiene contrapartida posible. Por eso Don Antonio puede jactarse de su absoluta libertad, por eso estaremos en deuda eterna con él. O al menos hasta que podamos pagarle con su misma moneda. ¡Qué tramposo Don Antonio! Creiamos que nos lo daba gratis y nos unce al yugo de la belleza.
¡Que tramposos los poetas! Nos dejan el aroma leve de sus palabras como un regalo envenenado, como una droga etérea y desprecian con un ademán ligero nuestras ofrendas. Nos exigen, a cambio, que escalemos hasta su pedestal, que seamos sus iguales,... si podemos. ¡Qué crueles los poetas! Desalmados que no nos permiten languidecer en nuestra cálida pocilga.
De los trituradores de palabras,
de los mercenarios de la rima,
de los que exaltan la mierda,
silencio.
Ya tienen su recompensa.
"...Al cabo, nada os debo
me debeís cuanto escribo,
a mi trabajo acudo,
con mi dinero pago,
la ropa que me cubre
y la mansión que habito,
el pan que me alimenta
y el lecho donde yago..."
Paradojicamente, aquellos poetas que llegan a tocar las fibras más íntimas, las más sensibles, las más sublimes, no reclaman nada material. Lo que ellos nos dan no tiene valor, porque no tiene contrapartida posible. Por eso Don Antonio puede jactarse de su absoluta libertad, por eso estaremos en deuda eterna con él. O al menos hasta que podamos pagarle con su misma moneda. ¡Qué tramposo Don Antonio! Creiamos que nos lo daba gratis y nos unce al yugo de la belleza.
¡Que tramposos los poetas! Nos dejan el aroma leve de sus palabras como un regalo envenenado, como una droga etérea y desprecian con un ademán ligero nuestras ofrendas. Nos exigen, a cambio, que escalemos hasta su pedestal, que seamos sus iguales,... si podemos. ¡Qué crueles los poetas! Desalmados que no nos permiten languidecer en nuestra cálida pocilga.
De los trituradores de palabras,
de los mercenarios de la rima,
de los que exaltan la mierda,
silencio.
Ya tienen su recompensa.

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